Salieron rápido, dejando a Rodrigo con mil preguntas y una botella dorada en la mano. La destapó: agua transparente, sin olor. Nada especial. Y sin embargo… la certeza de la niña le había dejado una astilla de duda.
Esa misma tarde, Rodrigo llamó a Karina, la niñera.
—Quiero la verdad. ¿Llevaste a Pedrito a un kínder? —preguntó sin saludar.
Hubo un silencio demasiado largo.
—Señor Rodrigo… yo… puedo explicar…
