Al hijo del millonario le quedaban cinco días de vida. Pero la pobre niña lo roció con agua inusual.

Salieron rápido, dejando a Rodrigo con mil preguntas y una botella dorada en la mano. La destapó: agua transparente, sin olor. Nada especial. Y sin embargo… la certeza de la niña le había dejado una astilla de duda.

Esa misma tarde, Rodrigo llamó a Karina, la niñera.

—Quiero la verdad. ¿Llevaste a Pedrito a un kínder? —preguntó sin saludar.

Hubo un silencio demasiado largo.

—Señor Rodrigo… yo… puedo explicar…