Al hijo del millonario le quedaban cinco días de vida. Pero la pobre niña lo roció con agua inusual.

—¡Mamá, yo solo quería ayudar a Pedrito!

Rodrigo se quedó helado.

—Espere… —dijo, deteniendo a la mujer—. ¿Cómo sabe su hija el nombre de mi hijo?

Marina tragó saliva.

—Yo… trabajo aquí desde hace años. A lo mejor lo vio en la puerta…

—No —interrumpió la niña, zafándose un poco—. ¡Yo lo conozco! Jugábamos en el kínder de la tía Marta. Es mi amigo.

Rodrigo sintió un golpe seco en el pecho.