Al hijo del millonario le quedaban cinco días de vida. Pero la pobre niña lo roció con agua inusual.

—Entonces sí.

Karina soltó el aire.

—Solo dos veces por semana. Era un buen lugar, limpio. Él estaba solo conmigo todo el día. Quería que tuviera amigos. Se veía… feliz.

Rodrigo apretó la mandíbula.

—¿En qué zona?

—En San Martín, por la salida oriente…

San Martín era uno de los barrios más humildes. Rodrigo colgó sin despedirse. La furia le subió como fuego: por el engaño, por la idea de su hijo en un lugar “impropio”, por todo lo que no sabía de la vida de Pedrito.

Pero cuando regresó la mirada a la cama… vio a su hijo, tan frágil, y entendió lo ridículo de su orgullo.

Cinco días.