Al hijo del millonario le quedaban cinco días de vida. Pero la pobre niña lo roció con agua inusual.

Esa noche Rodrigo no salió ni a comer. Cerca de las once, se quedó dormido en la silla. Despertó de golpe por un susurro.

Valeria estaba ahí otra vez.

Esta vez no vertía agua. Solo sostenía la mano de Pedrito y murmuraba algo casi como una oración.

—¿Cómo entraste? —preguntó Rodrigo, con la voz cansada.

Valeria lo miró sin miedo.

—Por la puerta de servicio. Sé dónde mi mamá guarda la llave.

—No puedes estar aquí… es de noche.

—Pedrito me necesita.

Rodrigo iba a regañarla, pero ella señaló al niño.

—Mire su cara.