Rodrigo miró. Y se le apretó el corazón: Pedrito se veía… apenas… un poco menos cenizo.
“Seguro es la luz”, pensó. Pero la duda creció.
—¿Qué agua es esa? —preguntó, casi sin querer creerle.
—Del fuentecito del patio —respondió Valeria—. Mi abuela dice que ahí antes había un pozo en una hacienda vieja. La gente venía cuando estaba enferma… y el agua ayudaba.
Rodrigo soltó una risa triste.
—Eso son cuentos.
Valeria ladeó la cabeza, con lógica de niña que no admite truco.
—¿Usted cree en los doctores?
—Claro.
