—Y ellos dijeron que ya no pueden hacer nada. Entonces… ¿por qué no creer también en el agua?
Rodrigo se quedó sin respuesta.
La puerta se abrió y entró una enfermera joven, Lupita. Se detuvo al ver a la niña.
—Valeria… ¿otra vez tú? —dijo con voz firme—. Tu mamá debe estar dormida, preocupada.
Rodrigo se puso de pie.
—¿Usted la conoce?
