Al hijo del millonario le quedaban cinco días de vida. Pero la pobre niña lo roció con agua inusual.

—Y ellos dijeron que ya no pueden hacer nada. Entonces… ¿por qué no creer también en el agua?

Rodrigo se quedó sin respuesta.

La puerta se abrió y entró una enfermera joven, Lupita. Se detuvo al ver a la niña.

—Valeria… ¿otra vez tú? —dijo con voz firme—. Tu mamá debe estar dormida, preocupada.

Rodrigo se puso de pie.

—¿Usted la conoce?