Al hijo del millonario le quedaban cinco días de vida. Pero la pobre niña lo roció con agua inusual.

—Sí. Marina trabaja aquí. Valeria a veces viene con ella… —Lupita miró a Rodrigo, bajando un poco el tono—. Señor Acevedo… yo no debería decir cosas raras, pero… hoy, después de que la niña vino, el oxígeno de su hijo subió un poquito. Casi nada. Y el ritmo… se estabilizó.

Rodrigo sintió una chispa en el pecho. Pequeña. Peligrosa.

—¿Entonces…?

—No estoy diciendo que sea el agua —aclaró Lupita, nerviosa—. Puede ser coincidencia. Pero… yo crecí en esta zona. He oído esa leyenda toda mi vida.

Rodrigo miró a Valeria. La niña lo miró de vuelta como si el mundo fuera simple: “hay que intentar”.

—¿Puede quedarse unos minutos más? —pidió Rodrigo.

Lupita dudó… y asintió.

Valeria volvió a tomar la mano de Pedrito y empezó a contarle, en voz bajita, cómo en el kínder él se reía tanto que siempre los regañaban por hacer ruido en la hora de la siesta. Rodrigo escuchó con un nudo en la garganta: estaba descubriendo a su hijo a través de otra niña.

Cuando amaneció, Lupita se llevó a Valeria a su casa. Rodrigo se quedó mirando la botella dorada olvidada en el buró. La tomó, mojó sus dedos y tocó la frente de Pedrito, como hacía su madre cuando él era niño.

—Si hay algo… lo que sea… —susurró—. Por favor.

Y entonces Pedrito abrió los ojos.

Rodrigo se quedó paralizado.

El niño lo miró como si regresara de un sueño larguísimo… y sonrió.

—Papá… —susurró—. Valeria vino.

Rodrigo rompió en llanto.