Al hijo del millonario le quedaban cinco días de vida. Pero la pobre niña lo roció con agua inusual.

Horas después, el doctor Santiago Flores lo interceptó en el pasillo.

—Señor Acevedo… los análisis de la mañana muestran algo extraño. Hay… una mejora mínima. Los leucocitos subieron un poco. La función renal también.

—¿Eso es bueno? —preguntó Rodrigo, aferrándose a cada sílaba.

—Es… inesperado —admitió el doctor—. Pero no cantemos victoria. A veces el cuerpo tiene picos antes de… —no terminó la frase.

Rodrigo apretó los dientes.

—O a veces es el inicio de algo mejor.

Esa tarde llegó Clara. Entró a la habitación como un huracán, besó a Pedrito, se desplomó llorando y luego miró a Rodrigo con ojos que exigían verdad.

Rodrigo le contó todo: la niña, el agua, el kínder escondido, la botella dorada.

Clara escuchó sin interrumpir. Cuando terminó, Rodrigo esperó el reproche.

Pero Clara solo dijo, con voz temblorosa: