Al hijo del millonario le quedaban cinco días de vida. Pero la pobre niña lo roció con agua inusual.

—Debe haber algo más… —insistió Rodrigo, agarrando al doctor del antebrazo—. Dinero no es problema. Traigo gente de donde sea.

—Ya consultamos a los mejores, aquí y afuera —respondió el doctor con suavidad—. A veces la medicina llega a su límite… Lo siento.

Cuando el médico se fue, Rodrigo se sentó junto a la cama y tomó la manita fría de Pedrito. El niño se movió apenas, como si lo escuchara desde lejos. A Rodrigo se le salieron las lágrimas sin permiso.

“¿Cómo se lo voy a decir a Clara?”, pensó.