—Debe haber algo más… —insistió Rodrigo, agarrando al doctor del antebrazo—. Dinero no es problema. Traigo gente de donde sea.
—Ya consultamos a los mejores, aquí y afuera —respondió el doctor con suavidad—. A veces la medicina llega a su límite… Lo siento.
Cuando el médico se fue, Rodrigo se sentó junto a la cama y tomó la manita fría de Pedrito. El niño se movió apenas, como si lo escuchara desde lejos. A Rodrigo se le salieron las lágrimas sin permiso.
“¿Cómo se lo voy a decir a Clara?”, pensó.
