Al hijo del millonario le quedaban cinco días de vida. Pero la pobre niña lo roció con agua inusual.

Su esposa estaba en Guadalajara, en un congreso médico. Volvía en dos días. Dos días. Y a su hijo le quedaban cinco.

La puerta se abrió otra vez. Rodrigo se limpió la cara, esperando a una enfermera. Pero entró una niña.

Pequeña. Seis años, quizá. Vestía un uniforme escolar gastado y un suéter café demasiado grande. El cabello oscuro lo traía revuelto, como si hubiera corrido. En las manos sostenía una botellita de plástico dorada, de las baratas.

—¿Quién eres? —preguntó Rodrigo, desconcertado—. ¿Cómo entraste?