Al hijo del millonario le quedaban cinco días de vida. Pero la pobre niña lo roció con agua inusual.

La niña no contestó. Caminó directo a la cama, se subió a un banquito y miró a Pedrito con una seriedad que no le cabía en la cara.

—Yo lo voy a salvar —dijo, y destapó la botella.

—¡Oye, espera! —Rodrigo se levantó de golpe.

Pero ya era tarde.

La niña vertió agua sobre el rostro de Pedrito. El líquido resbaló por su mejilla, empapó la almohada. Rodrigo la apartó con cuidado brusco y le arrebató la botellita.