Al hijo del millonario le quedaban cinco días de vida. Pero la pobre niña lo roció con agua inusual.

—¿Qué pasó? —preguntó una.

—Esta niña entró y le echó agua a mi hijo —dijo Rodrigo, levantando la botella como prueba.

Desde el pasillo, una voz femenina tronó:

—¡Valeria! ¿Qué hiciste?

Entró una mujer con uniforme de intendencia, de unos treinta y tantos, con los ojos rojos de preocupación.

—Perdón, señor —dijo, jalando a la niña de la mano—. Soy Marina. Es mi hija. No debió entrar. Nos vamos.

La niña sollozaba.