La reemplacé por Mariana Salazar, la hija del director de la empresa: rica, elegante y orgullosa.
Y Laura… se quedó en silencio, llorando en la sombra.
Creí que mi vida estaba a punto de comenzar un capítulo perfecto.
Pero, en realidad, ese fue el inicio de todo lo que empezó a derrumbarse.
Cinco años después, era subdirector de ventas, tenía mi propia oficina, un BMW, y aun así no era feliz.
Mi matrimonio con Mariana se sentía como un contrato que nunca podía ganar.
Ella despreciaba mis orígenes humildes.
Cada vez que algo no le agradaba, me lanzaba esta frase:
—Sin la ayuda de mi papá, seguirías siendo un vendedor mediocre.
