Cuando me enteré de que mi exesposa se había casado con un obrero pobre, fui a su boda con la intención de burlarme de ella. Pero en cuanto vi al novio, me di la vuelta y rompí a llorar de dolor.

Vivía como una sombra dentro de mi propia casa.

Hasta que un día, en una reunión, un viejo amigo me dijo:

—Oye, Alejandro, ¿te acuerdas de Laura? Se va a casar pronto.

Me incorporé de golpe.

—¿Con quién?

—Con un albañil. No tienen mucho dinero, pero dicen que ella es feliz.

Solté una risa burlona.

—¿Feliz con un pobre? De verdad nunca supo elegir.