Decidí ir a esa boda, no para felicitarla, sino para burlarme de su elección.
Quería que Laura viera en qué hombre exitoso me había convertido… el hombre que alguna vez amó.
Ese día conduje hasta un pueblo cercano a Valle de Bravo, donde Laura vivía ahora.
La boda se celebró en un patio sencillo, decorado con luces amarillas, mesas y sillas de madera, y flores silvestres.
Bajé de mi coche de lujo, acomodé el chaleco y caminé con aire de arrogancia.
Algunas personas voltearon a verme. Sentí que había llegado de otro mundo: más refinado, más “exitoso”.
Entonces vi al novio.
El corazón se me detuvo.
Estaba de pie frente al altar, con un traje sencillo.
Un rostro que conocía demasiado bien.
Javier Morales.
