Cuando me enteré de que mi exesposa se había casado con un obrero pobre, fui a su boda con la intención de burlarme de ella. Pero en cuanto vi al novio, me di la vuelta y rompí a llorar de dolor.

—Javier es admirable. Trabaja duro con una sola pierna y es un hijo ejemplar. Ahorró durante años, compró este terrenito y construyó con sus propias manos la casa donde hoy celebran la boda. Es un hombre valiente, todos lo respetan.

Sentí un nudo en la garganta.

Ver a Javier ayudar a Laura a subir los escalones, observar cómo se miraban —con calma, con sinceridad— me dejó sin aliento.

Era un tipo de amor que yo nunca supe darle.

Yo había despreciado su sencillez, temido el juicio de los demás, temido las burlas de mis amigos.

Y ahí estaba ella, orgullosa de tomar la mano de un hombre con una sola pierna… porque tenía un corazón completo.

De regreso en mi departamento de la Ciudad de México, tiré el saco al suelo y me dejé caer en la silla.
Por primera vez en años, lloré.