No por celos, sino por derrota.
No por dinero perdido, sino por carácter perdido.
Tenía estatus, coche, casa —todo de lo que alguna vez presumí— y aun así no tenía a nadie que me amara de verdad.
Y Laura —la mujer que yo desprecié— tenía ahora a un esposo con una pierna, pero con un corazón capaz de amar y proteger.
Desde ese día cambié.
Dejé de juzgar a las personas por su dinero.
Dejé de burlarme de quienes viven con humildad.
Dejé de presumir coches, relojes y cosas materiales para ocultar mi vacío.
Aprendí a escuchar, a respetar y a amar de verdad —no para recuperar a Laura, sino para no avergonzarme cuando me miro al espejo.
