Eran casi las dos de la madrugada dentro de la vieja mansión colonial a las afueras de la ciudad cuando el silencio se hizo añicos. Un grito agudo y desesperado atravesó los pasillos, rebotando contra las paredes y provocando escalofríos en los pocos empleados que aún seguían despiertos. Una vez más, provenía del dormitorio de Leo.
Leo tenía solo seis años, pero en sus ojos se reflejaba un cansancio muy superior al de su edad. Aquella noche —como tantas otras— luchaba contra el agarre de su padre. James, un empresario exhausto que aún llevaba el traje arrugado, con profundas ojeras marcadas bajo los ojos, sujetaba a su hijo por los hombros con la paciencia completamente agotada.
