—Ya basta, Leo —espetó con voz ronca—. Vas a dormir en tu cama como un niño normal. Yo también necesito descansar.
Con un movimiento brusco, presionó la cabeza del niño contra la almohada de seda perfectamente acomodada en la cabecera de la cama. Para James, no era más que una almohada cara, otro símbolo del éxito que tanto le había costado construir.
Pero para Leo, era algo completamente distinto.
En el instante en que su cabeza tocó la almohada, el cuerpo de Leo se arqueó como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Un grito desgarrador salió de su garganta —no era una rabieta ni rebeldía, sino dolor puro—. Sus manos se alzaron desesperadas, intentando levantar la cabeza, mientras las lágrimas corrían por su rostro ya enrojecido.
—¡No, papá! ¡Por favor! ¡Duele! ¡Me duele! —sollozó.
James, cegado por el cansancio y por influencias externas, solo vio mala conducta.
—Deja de exagerar —murmuró—. Siempre el mismo drama.
