EL MILLONARIO LLEVÓ A SU HIJA AL HOSPITAL TRAS EL VIAJE CON SU MADRE… Y LLAMÓ AL 911

—¿Te llevó al doctor?

-No. Me llevó a una farmacia. Dijo que me caí jugando. Me compré crema y vendas… y me vendó muy apretado. Me dijo que no me lo quitara.

—¿Puedo ver? —preguntó Alejandro, casi sin aire.

Ximena ascendió. Se volteó lentamente y levantó la blusa. Alejandro se quedó helado: vendas sucias, amarillentas, y por los bordes moretones de distintos colores. Un olor agrio salió del vendaje.

— ¿Cuándo te cambió esto por última vez?

—El miércoles... creo. Me dijo que me lo dejara hasta que tú volvieras, para que no vieras nada raro.

A Alejandro le subió la náusea. Aquello no era un “accidente” mal cuidado: era algo escondido.

—Nos vamos al hospital ahora —dijo, firme.

Ximena abrió los ojos con miedo.

—¿Me voy a un metro en problemas?

-No. Tú no hiciste nada malo. Pedir ayuda nunca es un problema —le prometió, abrazándola por delante, con delicadeza—. Yo te cuido.

En el coche, rumbo al Hospital Infantil de México, cada bache le arrancaba un quejido.

¿Tuviste fiebre? —preguntó Alejandro, acelerando.

—El jueves me sentí muy caliente… mamá dijo que era normal.

Fibra. Infección. Alejandro sintió que el piso se le movía.

En urgencias lo atendieron rápido. El doctor Santiago Moreno, pediatra de guardia, entró con expresión tranquila pero profesional.

—A ver, Ximena… vamos a quitar esto con cuidado.

Conforme desenrolló el vendaje, el doctor frunció el ceño. Cuando se retiró la última capa, el golpe se reveló enorme y oscuro, con la piel roja e hinchada alrededor.

—Hay signos claros de infección —dijo—. Esto requiere antibióticos y estudios para descartar daño interno. Va a quedarse hospitalizada.

Alejandro tragó saliva.