Esa noche, cenamos juntos en el comedor de caoba, una mesa para doce personas ocupadas solo por dos. Valeria, ya bañada y con un pijama de franela que Carmen había encontrado (pertenecía a mi sobrina, que en paz descanse), parecía otra. Más pequeña, más vulnerable. Comía la tortilla de patata cerrando los ojos, saboreando cada bocado. — ¿Está bueno? —pregunté. —Es lo más rico que he probado nunca —respondió con la boca llena. Yo, que llevaba meses sin apetito, comí. Y la comida me supo a gloria.
Supermercados
Después de la cena, la acompañé a su habitación. Se quedó maravillada con la cama con dosel. —¿Todo esto es para mí? —Sí, Valeria. Descansa. —Eduardo… —me llamó cuando iba a apagar la luz—. ¿De verdad te vas a morir? Me senté en el borde de la cama. —Sí, pequeña. Estoy enfermo. —¿Te duele? —A veces. Pero hoy… hoy me duele menos. Ella se acurrucó bajo el edredón nórdico. —Gracias por la tortilla. Y por la cama. —Buenas noches, hija —susurré. La palabra salió sola.
Me fui a mi despacho, pero no pude trabajar. Por primera vez en meses, no pensé en mi testamento ni en el dolor punzante de mi pecho. Pensé en que tenía que comprar cereales de chocolate para el desayuno.
A la mañana siguiente, me desperté sin la tos habitual. El sol entraba a raudales por las cortinas. Bajé a la cocina y encontré a Valeria ya Rosa, mi cocinera andaluza, riendo. Rosa le estaba enseñando a mojar churros en el chocolate caliente. —¡Buenos días, papá Eduardo! —gritó Valeria. Se tapó la boca enseguida, asustada por el desliz. Yo sentí un nudo en la garganta, pero sonreí. —Buenos días, Valeria.
Ese día fuimos de compras. El Corte Inglés, las tiendas de la calle Serrano. La gente nos miraba: el empresario del año y una niña que saltaba de alegría con cada bolsa. Le compré vestidos, abrigos y lo más importante: una bicicleta. —Nunca he tenido una bicicleta —me confesó. Fuimos al Parque del Retiro. A pesar de mi fatiga, corrí detrás de ella, empujándola, enseñándole a mantener el equilibrio. —¡No me sueltes, Eduardo! —¡Ya vas sola! ¡Mira! Valeria pedaleaba, su risa resonando entre los árboles centenarios, y yo… yo respiraba. Mis pulmones, esos traidores que me estaban matando, parecían llenarse de aire puro por primera vez en años.
Café chocolate
Pasaron tres días. Tres días de risas, de juegos de mesa frente a la chimenea, de ver películas de Disney hasta quedarnos dormidos en el sofá. Al cuarto día, tenía revisión con Rodrigo. Llevé a Valeria conmigo. — ¿Quién es esta señorita? —preguntó el doctor, sorprendido. —Es mi hija, Rodrigo. Valeria. Mientras me hacía las pruebas, Rodrigo fruncía el ceño una y otra vez. Revisaba los monitores, golpeaba las máquinas. — ¿Qué pasa? —pregunté, temiendo lo peor. —No lo entiendo, Eduardo. Tus niveles de oxígeno han subido. La daño alrededor del tumor se ha reducido. Es… imposible. Miré a Valeria, que estaba en la sala de espera dibujando en un cuaderno. —No es imposible, Rodrigo. Es medicina para el alma.
Volvimos a casa celebrando con helado, aunque fuera de noviembre. Pero la felicidad es frágil, y el destino tiene un sentido del humor macabro. Al llegar al portal, el portero me detuvo. —Don Eduardo, hay una mujer esperándole en el salón. Dice que viene a por la niña. Sentí como si me echaran un cubo de agua helada. Valeria se escondió detrás de mi pierna, temblando. —Es ella —susurró—. Es la tía Mariana. La mujer mala.
Entramos. Una mujer de unos cuarenta años, con aspecto descuidado pero vestida con pretensiones, estaba examinando un jarrón Ming como si calculara su precio. —Vaya, vaya. Así que aquí se mete la ratita —dijo con una sonrisa que no llegaba a sus ojos fríos como el hielo. — ¿Quién es usted y qué hace en mi casa? —Exigí, poniéndome delante de Valeria. —Soy Mariana Vázquez. La tía de Valeria. Y su tutor legal. Vengo a llevármela. -¡No! —gritó Valeria—. ¡No quiero ir contigo! ¡Me pegas y me encierras! Mariana soltó una carcajada seca. —Los niños tienen mucha imaginación. Señor Méndez, agradezco que haya cuidado de mi sobrina estos días que se… escapó. Pero ahora vuelve a casa. —Ella dice que no tiene a nadie —repliqué, sintiendo la rabia crecer. —Su madre murió al nacer. Su padre... bueno, su padre murió hace cuatro años. Yo soy su única familia. Tengo los papeles.
