Sacó una carpeta mugrienta y me la ampliación. Efectivamente, había un certificado de nacimiento y documentos de tutela. Pero algo en su actitud, en la forma en que miraba los muebles caros de mi casa y no a la niña, me dio mala espina. —Usted no se va a llevar a nadie hoy —dije con mi voz de negociador implacable—. Llamaré a mi abogado. Si esos papeles son reales, hablaremos. —Tenga cuidado, señor Méndez. Eso podría considerarse un secuestro. Le doy las 24 horas. Mañana volveré con la policía.
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Mariana se fue, dejando un rastro de perfume barato y amenaza. Valeria lloraba desconsolada en el sofá. —No dejes que me lleves, Eduardo. Por favor. Me obliga a pedir dinero en el metro. Y si no llevo suficiente, no me da de cenar. La abracé fuerte, tan fuerte que temí romperla. —Te lo juro por mi vida, Valeria. Nadie te va a llevar de aquí.
Llamé a Ricardo, el mejor abogado de Madrid y mi mano derecha. Llegó en media hora. —La situación es complicada, Eduardo. Si es su tía biológica y tiene la tutela, la ley es de su parte. A menos que demostramos que es incompetente o que abusa de ella. —Investigala. Quiero saberlo todo. Desde qué desayuna hasta con quién habla. Y busca al padre de la niña. Tomás Jiménez. Quiero saber qué pasó con él.
Esa noche no dormí. Me senté junto a la cama de Valeria, vigilando su sueño, armado con mi voluntad y el miedo atroz a perder lo único que me había hecho querer vivir. A la mañana siguiente, Ricardo volvió con una cara que presagiaba tormenta. —Eduardo, siéntate. —¿Qué ha encontrado? —Mariana Vázquez tiene antecedentes de estafa y hurto menor, pero nada grave que nos garantice quitarle la custodia rápido. Pero… encontró algo sobre el padre, Tomás Jiménez. —¿Qué? —Tomás era albañil. Trabajaba para una subcontrata en una de tus obras, Eduardo. En la Torre Picasso II. El mundo se detuvo. Recordaba esa obra. Hubo un accidente. Una grúa falló. —Murió en el accidente laboral de hace cuatro años —continuó Ricardo—. Tu empresa pagó una indemnización millonaria. Trescientos mil euros. —A quién se le pagó? —A la tutora legal de su hija. Mariana Vázquez.
Novela de suspenso
La sangre me hirvió en las venas. Esa mujer había cobrado el dinero de la muerte del padre, dinero destinado al futuro de Valeria, y se lo había gastado todo mientras la niña vivía en la calle pidiendo limosna. —¡Mar maldita! —grité, golpeando la mesa—. ¡Se gastó el dinero y tiró a la niña a la basura! —Hay más, Eduardo. En el archivo de recursos humanos, encontramos una caja con los efectos personales de Tomás que nunca fueron reclamados. Mariana cogió el cheque, pero no quiso saber nada de las cosas de “basura” de su cuñado. Ricardo puso una caja de zapatos vieja sobre mi escritorio. Dentro había un reloj barato, una cartera desgastada y un sobre cerrado. En el sobre, con letra temblorosa, ponía: Para mi niña Valeria, por si algún día falto.
Mis manos temblaban al abrirlo. Llamé a Valeria. Tenía que saberlo. Nos sentamos en el jardín de invierno. Le explicó quién era su padre, que había trabajado construyendo los edificios que yo diseñaba. Que era un hombre bueno. —Escribió esto para mí? —preguntó ella, tocando el papel como si fuera sagrado. Como apenas sabía leer, se la leí yo.
