El juez miró a Valeria. —Valeria, acércate. La niña se acercó al estrado, pequeña pero valiente. —Con ¿quién quieres vivir? —Con Eduardo —dijo sin dudar—. Él es mi papá de corazón. Me compré una bicicleta. Me da de comer. Y cuando tiene miedo por su enfermedad, yo le doy la mano. Nos cuidamos el uno al otro. El juez, un hombre mayor con fama de duro, se quitó las gafas y se frotó los ojos. —Se retira la custodia a la Señora Vázquez y se ordena su detención inmediata por fraude y negligencia infantil. La custodia permanente de Valeria Jiménez se concede a Don Eduardo Méndez.
La sala estalló. No en aplausos, sino en un suspiro colectivo de alivio. Valeria corrió hacia mí y yo caí de rodillas para abrazarla. —Ganamos, papá. Ganamos. —Sí, mi vida. Ganamos.
Pero la historia no acaba ahí. Seis meses después, volví a la consulta de Rodrigo. Había pasado por un nuevo tratamiento experimental, uno que me animé a probar solo porque quería ver a Valeria graduarse, casarse, vivir. Rodrigo miró los escáneres, incrédulo. —¿Qué pasa, Rodrigo? ¿Cuánto me queda? ¿Semanas? Él se giró, con una sonrisa que le ocupaba toda la cara. —Eduardo… el tumor ha remitido. No ha desaparecido del todo, pero se ha reducido un 80%. Estás en remisión parcial. No podía creerlo. —¿Cómo? —La inmunoterapia ha ayudado, claro. Pero vio muchos casos. La voluntad de vivir, Eduardo… el amor… cambia la química del cuerpo. Esa niña te ha salvado la vida, literalmente.
Testamento vital
Salí de la clínica corriendo. Bueno, caminando rápido, que ya tengo una edad. Valeria me esperaba en el coche, haciendo los deberes de matemáticas. — ¿Qué te ha dicho el médico? —preguntó sin levantar la vista del libro . —Me ha dicho que tenemos un problema. Ella me miró asustada. — ¿Qué problema? —Que vas a tener que aguantarme mucho más que una semana. Vas a tener que aguantarme toda la vida.
Valeria soltó el lápiz y se lanzó a mi cuello, riendo y llorando a la vez. Esa semana que iba a ser la última, se convirtió en el primer capítulo de nuestra vida. Hoy, Valeria estudia Medicina en la Universidad Complutense. Dice que quiere curar a gente como yo. Y yo... yo sigo aquí, viejo y gruñón, pero el hombre más feliz de Madrid. Porque aprende que la sangre te hace pariente, pero solo el amor te hace familia. Y que a veces, cuando crees que estás salvando a alguien, en realidad, es ese alguien quien te está salvando a ti.
La euforia de la victoria en el juzgado fue dulce, pero la realidad, como siempre, nos esperaba a la vuelta de la esquina. Teníamos los papeles, teníamos la custodia, pero todavía teníamos al enemigo silencioso respirando en mi nuca: el cáncer.
La mañana siguiente al juicio, la rutina en la casa de la calle Velázquez cambió para siempre. Ya no era la casa de un soltero amargado y moribundo; ahora era un hogar. Me desperté con un sonido que, con el tiempo, se convertiría en mi melodía favorita: Valeria cantando en la ducha. Cantaba desafinado, inventándose la letra de las canciones de moda, pero para mis oídos era mejor que cualquier sinfonía de Beethoven.
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