Bajé a la cocina. Rosa estaba preparando el desayuno con una energía renovada. —Buenos días, don Eduardo. La niña ha pedido tortitas. Dice que hoy es un día especial. —Todos los días son especiales ahora, Rosa.
Valeria bajó las escaleras corriendo, con el uniforme de su nuevo colegio. Habíamos elegido un colegio privado pequeño en El Viso, donde conoció nuestra historia y prometieron discreción y apoyo. Le quedaba un poco grande el pichi gris, y los calcetines blancos estaban subidos hasta las rodillas con una perfección casi militar. -¡Papá! —gritó, dándome un beso en la mejilla que olía a champú de fresa—. ¿Estoy guapa? —Estás preciosa, mi vida. Pareces una ministra. —¡No quiero ser ministra! Quiero ser doctora, como Rodrigo. Para curarte.
Esa frase se convirtió en su mantra. Después de tantas visitas al hospital, Valeria había decidido su futuro con la determinación inquebrantable de los siete años. El Doctor Rodrigo, encantado, le había regalado un estetoscopio de juguete, y ella “pasaba consulta” a todos en la casa: a Carmen, a Rosa, incluso al gato persa que habíamos adoptado porque ella decía que la casa necesitaba “más vida”.
Estanterías
Pero la vida no era solo juegos. Comenzó mi tratamiento experimental. Inmunoterapia combinada. Rodrigo fue claro: "Va a ser duro, Eduardo. Tu cuerpo va a pelear una guerra civil". Y vaya si lo fue.
Hubo semanas en las que no podía levantarme de la cama . La fatiga era un peso de plomo sobre mis huesos. Las náuseas me impedían comer. En mi vida anterior, habría sufrido esto solo, encerrado en mi habitación, ladrando órdenes para que nadie me viera débil. Pero ahora tenía a Valeria.
Recuerdo una tarde particularmente mala. Había vuelto de la sesión de quimio y estaba tumbado en el sofá del salón, tiritando de frío a pesar de la calefacción. Sentí una manita fresca en mi frente. —¿Te duele mucho, papá? Abrí los ojos. Valeria estaba allí, con los ojos llenos de preocupación, sosteniendo un vaso de agua con una pajita. —Un poco, cariño. Pero se pasará. —Te he traído a “Señor Orejas” —dijo, colocándome su peluche favorito, un conejo deshilachado, sobre el pecho—. Él me cuida cuando tengo miedo. Ahora te cuidará a ti.
Se sentó en la alfombra, al lado del sofá, y empezó a leerme sus deberes de Conocimiento del Medio. Su voz monótona y dulce, explicando el ciclo del agua o las partes de una planta, se convirtió en mi ancla a la realidad. Mientras ella leía, yo me repetía: Tengo que aguantar. No puedo dejarla sola. No ahora. Esa niña, que había vivido en la calle, que había pasado hambre y frío, ahora me cuidaba con una madurez que asustaba. Invertimos los papeles: yo era el niño enfermo y ella la guardiana feroz.
