Ernesto Mendoza llevaba años viviendo en una mansión que, por fuera, parecía la definición misma del éxito: muros altos, cámaras en cada esquina, jardín impecable y un silencio elegante que olía a perfume caro y a café recién molido. Pero por dentro, ese silencio era otra cosa. Era el silencio de su hijo.
Mateo tenía cinco años y había nacido sordo. No era una sordera “temporal”, no era un “tal vez”. Era un mundo completo sin sonido, un mundo al que Ernesto nunca había sabido entrar. Cada mañana, como si la repetición pudiera doblarle el destino, Ernesto se inclinaba frente al niño y pronunciaba su nombre una y otra vez, más lento, más fuerte, con esa desesperación absurda de quien cree que el amor debería bastar para romper cualquier barrera.
—Mateo… mírame… Mateo…
