HIJO DEL MILLONARIO ERA SORDO DESDE QUE NACIÓ… HASTA QUE UNA NIÑA MENDIGA…

El niño jugaba con bloques de construcción en el piso, concentrado en alinear colores como si el universo entero se redujera a esas piezas. Sus ojos claros a veces se perdían en un punto invisible. No era frialdad: era distancia. Y en esa distancia, Ernesto sentía que se le desmoronaba la paternidad como se desmorona un edificio por dentro, sin que nadie afuera lo note.

Habían pasado especialistas de todas partes por la casa. Algunos llegaban con aparatos, otros con promesas, otros con esa sonrisa de “vamos a intentarlo” que a Ernesto le sonaba a rendición disfrazada. Ese día, uno de Ciudad de México acababa de irse después de decir, con voz diplomática, que “habría que trabajar con expectativas realistas”. Ernesto lo acompañó hasta la puerta del consultorio privado que había mandado construir dentro de la mansión, y cuando el médico desapareció, se quedó un segundo con la mano apoyada en el marco, como si sostuviera todo el peso del mundo.

Sofía, la fisioterapeuta, se acercó con su carpeta.

—El doctor dejó ejercicios para la semana —dijo, cuidadosa—. Y… señor Mendoza, tal vez sería bueno considerar otro enfoque. Lengua de señas. Podría ayudar a Mateo a comunicarse mejor con usted y con todos…

Ernesto ni siquiera la dejó terminar.