Se arrastró por debajo de un portón lateral, se raspó las rodillas, ensució su ropa cara, y caminó guiándose por recuerdos visuales: el helado gigante de la nevería, la cruz verde de la farmacia, el dibujo del pan. No necesitaba oír para orientarse: necesitaba significado. Y lo encontró.
Llegó a la plaza. La banca estaba vacía. Esperó.
Cuando la niña apareció con una caja de madera, sus ojos se abrieron como si el milagro hubiera vuelto a suceder. Corrió hacia él y, sin palabras, comenzaron otra vez: gestos, objetos, nombres inventados, señales improvisadas. Ella le enseñó “árbol”, “sol”, “pájaro” con manos y expresión. Mateo miraba como quien aprende a respirar.
