Mientras tanto, en la mansión estalló el caos. Ernesto tomó el primer vuelo de regreso. Carlos recordó la plaza. Corrieron y los encontraron riendo juntos, como si el mundo no existiera.
Ernesto se quedó a unos metros. Vio a su hijo… vivo. Y sintió una punzada de algo incómodo: el reconocimiento de que dentro de su mansión, Mateo nunca se veía así.
Se acercó con la voz dura, la voz de quien necesita mandar para no quebrarse.
—Mateo. Nos vamos.
