La niña invitó a Ernesto a sentarse. Y, contra todos sus instintos, él lo hizo.
Ella tomó la mano de Mateo y la puso sobre el pecho de Ernesto, luego puso la mano de Ernesto sobre el pecho de Mateo. Repitió un movimiento circular, lento, insistente, como si dibujara un puente invisible: “aquí”. “corazón”. “juntos”.
Ernesto sintió un nudo en la garganta. Por primera vez, dejó de ver la sordera como un enemigo a vencer y vio a Mateo como un niño que pedía, a su manera, lo mismo que cualquier niño: que su padre lo encontrara.
Siguieron a la niña hasta una casa pequeña donde una anciana tosía en una cama improvisada. Allí supo su nombre: Luz María. Y supo el de la abuela: Esperanza, una exmaestra que había trabajado con niños con necesidades distintas. La vida las había empujado a la pobreza, pero no les había robado la dignidad.
