HIJO DEL MILLONARIO ERA SORDO DESDE QUE NACIÓ… HASTA QUE UNA NIÑA MENDIGA…

La sonrisa de Mateo se apagó. Se aferró a la mano de la niña.

La pequeña se puso de pie entre los dos y, con valentía, señaló los oídos de Mateo, su boca, su corazón, y luego a Ernesto: estaba intentando decir “no es terquedad, es silencio… pero él entiende… yo entiendo… tú también puedes”.

Carlos, con cuidado, murmuró:

—Señor… creo que ella sabe comunicarse con él.

Esas palabras le pegaron a Ernesto como un golpe limpio. Porque era verdad. Una niña descalza, sin nada, estaba haciendo lo que su dinero no había comprado en cinco años.