Se arrodilló en el césped, abrazó a su hijo con lágrimas libres y un dolor antiguo saliendo al fin.
—Perdóname —susurró, sabiendo que no lo oiría, pero necesitándolo igual—. Perdóname por tardar tanto.
Esa noche, Ernesto dijo lo que nunca pensó decir:
—Quiero aprender. Quiero hablar con mi hijo.
Comenzaron las clases. Hubo frustración, errores, paciencia. Pero un día, Ernesto y Mateo tuvieron su primera conversación completa en señas. Fue simple, sobre la cena. Pero Ernesto sintió que le devolvían algo que había perdido sin darse cuenta: la posibilidad de conocer de verdad a su hijo.
