La inauguración fue sencilla. Familias con niños de todas las edades llenaron el espacio. Algunos padres llegaron con la misma cara que Ernesto había tenido años atrás: miedo, culpa, desesperación. Y entonces Mateo subió al pequeño escenario con su trombón —ya no tan oxidado, pero igual de simbólico— y sopló. Luz María cantó sin letra, solo melodía. Otros niños sintieron las vibraciones con los pies, con las manos, con el pecho. No era un concierto perfecto. Era algo mejor: era libertad.
Al final, ya con el sol bajando, Ernesto se sentó en una banca del jardín del centro. Mateo se sentó a su lado. Luz María al otro. Por un momento, nadie necesitó hablar. Solo miraron el cielo encenderse.
