—No quiero oír hablar de eso —soltó, y el verbo le salió cruel, como una ironía—. Enseñarle señas es rendirme. Es aceptar que esto… que este silencio… es para siempre.
Sofía bajó la mirada. No era la primera vez. En esa casa, todo tenía horarios, rutinas, controles. La idea de aceptar algo que no podía controlar le daba a Ernesto un miedo que lo volvía duro.
Él juraba que hacía lo mejor: proteger a Mateo del mundo, de miradas ajenas, de burlas, de peligros. Pero sin darse cuenta lo había protegido también de la vida. No había parque, no había amigos, no había cumpleaños con niños corriendo. Solo profesionales, ejercicios y adultos hablando frente a un niño que no podía oírlos.
Esa tarde, una reunión urgente con un inversionista lo obligó a salir. Miró a Mateo, sentado en su cuarto, y le habló por costumbre, como si hablarle fuera una cuerda que se negaba a soltar.
—Carlos te llevará a dar un paseo —dijo.
