Mateo se dejó abrazar… pero sus ojos se fueron a la niña. No quería irse. Carlos vio a la pequeña descalza y se tensó. Su instinto de guardaespaldas gritó “peligro”, “calle”, “problema”. Tiró suavemente del brazo de Mateo para llevárselo. Mateo se resistió. Por primera vez, luchó. Se aferró a la mano de la niña como si esa mano fuera un idioma.
Mateo lloró, esta vez con desesperación, como quien pierde algo precioso. La niña lo tocó con ternura y señaló la banca, el cielo, la plaza: un gesto que decía “aquí”. “Vuelve”.
Carlos se lo llevó casi arrastrando.
Cuando llegaron a la mansión, Ernesto esperaba en la puerta. Su rostro estaba pálido, y detrás de su enojo había un miedo desnudo.
—¿Qué pasó?
