Estaban moldeados…mal.
Algunos eran curvos como muslos. Otros, macizos como torsos. Uno largo se extendía de un extremo a otro del congelador, bien envuelto, con el nailon adherido a lo que había dentro con la intimidad del plástico retráctil.
Mi mente se negó a comprender.
Y entonces lo hizo.
—La ternera importada —grazné—. ¡Dios mío!... la ternera importada...
Las comidas las había cocinado con orgullo, condimentando generosamente, friendo y hirviendo, y sirviendo con sonrisas.
La forma en que Sam me observaba mientras masticaba, preguntándome: "¿Está suave? ¿Se deshace en la boca?"
La forma en que insistió en que no compartiéramos esas carnes particulares con los visitantes.
Salí del congelador tambaleándome, golpeándome la cadera contra el marco de la puerta. Me agarré el estómago, seguro de que vomitaría todo lo que había comido.
Un recuerdo apareció en mi mente.
El mes pasado, una de las vendedoras del mercado se quejó de que una chica de otra calle había desaparecido camino a casa. Nadie se lo tomó en serio. «Cosas de Lagos», decían. «Chicas jóvenes y su wahala». ¿Había traído Sam a casa «carne especial» esa semana? Intenté recordarlo.
Me tambaleé hacia el fregadero, pero no salió nada. Mi garganta se contrajo con arcadas.
Necesitaba salir de casa.
Necesitaba a la policía. Al ejército. Al pastor. Al ángel. A cualquiera.
Me giré y corrí escaleras arriba para buscar mi teléfono.
