Álvaro Mendes pensó que el mármol importado podía silenciar cualquier cosa. Que los techos altos, los candelabros de cristal y las alfombras que amortiguaban los pasos podían, con el tiempo, amortiguar también los gritos. Se equivocó. El lujo no apagaba la desesperación; a veces la hacía eco.

Aquel mediodía, la puerta principal se abrió con una prisa torpe y la nueva niñera, Carla, apareció con los ojos brillosos y un brazo escondido contra el pecho, como si llevarlo a la vista fuera una vergüenza. Álvaro la observó desde el hall, todavía con la corbata puesta, como si el nudo apretado pudiera sostener también el día.

—¿Te mordió? —preguntó, incrédulo, al ver los arañazos y la marca semicircular, roja, perfecta, en la piel.