—Hola, Lara. Soy Cíntia. No tienes que abrir si no quieres. Puedo hablarte desde aquí.
Silencio. Un silencio denso, atento.
—Me dijeron que eres muy inteligente —continuó— y que estás cansada de que la gente se vaya.
Del otro lado, un roce pequeño: pasos arrastrados, un cuerpo acercándose a la puerta.
—Yo también me enojo cuando alguien se va —dijo Cíntia—. Se siente horrible pensar que nadie quiere quedarse.
Una voz más baja, más seria que su edad, preguntó:
