Lara respiró como una guerrera pequeña y dijo:
—Papá… ayúdame a sentarme en la cama.
Álvaro la levantó con cuidado. Lara, temblando, ordenó:
—Ahora aléjate. No me sostengas.
Él retrocedió, las manos suspendidas en el aire como si soltarla fuera soltar el mundo. Cíntia se colocó lejos, lista para amortiguar una caída, no para impedir un intento.
Lara apoyó las manos en el borde de la cama. Concentró el rostro con una fuerza feroz. Trasladó el peso. Sus piernas vacilaron… y, por un instante que pareció eterno, el milagro se permitió existir.
