manos temblorosas; no por miedo, sino por gratitud.
—Hola —dijo Lara, y su voz infantil llenó el silencio—. Me llamo Lara. Y me dijeron que nunca iba a caminar.
Una risa nerviosa recorrió la sala, y luego nadie volvió a reír. Porque Lara no hablaba para presumir. Hablaba para salvar a alguien invisible, en alguna casa, detrás de alguna puerta cerrada.
—Descubrí algo —continuó—. A veces, cuando la gente te dice “no lo necesitas”, es porque no creen que puedas conseguirlo. Y nadie me preguntó si yo quería intentar. Nadie me preguntó si estaba dispuesta a caer mil veces por un paso.
Álvaro lloró sin esconderse. Ya no tenía que fingir fortaleza para protegerla. Su fortaleza era creer en ella.
