—Sí —dijo él, y esta vez fue verdad completa—. Y voy a estar aquí para cada intento. Para cada caída. Para cada victoria.
Los días siguientes no fueron un cuento fácil. Fueron dolor, moretones, frustración, lágrimas en el suelo y risas pequeñas en medio del cansancio. Lara gritó “no puedo” mil veces, y mil veces dijo “otra vez”. Álvaro aprendió a no correr a detenerla antes de que intentara. Aprendió a no llamar “tortura” a lo que para ella era esperanza.
Tres meses después, cuando parecía que la casa entera estaba hecha de suspiros, Lara, con las manos firmes, se levantó y se mantuvo de pie un minuto entero. Y luego, como si el mundo contuviera el aliento, dio un paso. Después otro. Siete pasos antes de caer en los brazos de su padre.
—¡Caminé! —gritó, riendo y llorando—. ¡Papá, caminéeé!
Álvaro la apretó contra su pecho, y por primera vez entendió que el amor no siempre es sostener: a veces es soltar con fe.
Dos años después, un auditorio lleno de médicos, periodistas y terapeutas observó a Lara, ya con nueve años, caminar hacia un micrófono. Aún con esfuerzo. Aún con concentración. Pero caminando. Álvaro, entre bastidores, tenía las
