El auditorio entero estaba de pie.
Meses después, en el jardín de la mansión, Lara jugaba con otros niños. Corría lento, sí. Se cansaba antes, sí. Pero corría. Y reía con una risa que ya no tenía un techo de mármol encima.
Cíntia le entregó a Álvaro una carta. Era de una niña de diez años, de otra ciudad, con letra temblorosa.
“Hola, Lara. Vi tu historia. Yo también tengo un sueño imposible. Los médicos dicen que no. Pero ahora quiero intentar. Gracias por enseñarme que ‘imposible’ a veces es una palabra que usan los que tienen miedo.”
Álvaro dobló la carta con cuidado, como si fuera un tesoro.
—Gracias —le dijo a Cíntia.
—No me des las gracias por caminar —respondió ella—. Dámelas por algo más simple: por dejarla intentar.
Esa noche, al apagar la luz del cuarto, Álvaro preguntó:
