—Lara, princesa… abre para papá.
—¡No! —la voz de siete años golpeó más fuerte que cualquier objeto—. Vas a traer otra señora que va a fingir que le gusto y después se va.
Álvaro apoyó la frente en la madera. Se le llenaron los ojos, pero no lloró; no quería que ella lo oyera.
—Carla no se va porque no le gustas…
—¡Sí se va! ¡Como todas! —Lara escupía cada palabra como si así se protegiera—. Ponen cara de asco cuando me tienen que ayudar. Creen que no veo, pero veo.
