Lorena llegó corriendo, con el rostro rojo de pena.
—Alejandra, ¿qué estás haciendo? —le sujetó la mano—. Disculpe, señor, mi hija no quiere molestarlo…
Pero la niña se soltó de su madre y volvió a mirar a Felipe con seriedad impropia para su edad.
—No estoy jugando, mamá. Los escuché. Hablaron de un hombre de traje azul, de una empresa de tecnología. Dijeron “cuando firme, se acaba todo”.
Felipe tragó saliva. Eso ya no sonaba a coincidencia.
—¿Dónde aprendiste ruso? —preguntó, intentando encontrar una explicación lógica.
Alejandra bajó la voz, como si compartiera un secreto.
—Mi abuelita era de Ucrania. Me enseñó antes de morir. Mamá no habla, pero yo sí. Ellos no sabían que podía entenderlos.
