La lógica le gritaba que aquello era una locura: cancelar una reunión crucial por las palabras de una niña desconocida. Pero la intuición, esa voz que pocas veces escuchaba, le estaba dando jalones de camisa. Sin pensarlo demasiado, sacó su teléfono.
“Cancela la reunión. No firmes nada. Algo no está bien”, escribió a su abogado.
Lorena lo miró, confundida.
—Señor, de verdad, si Alejandra causó algún problema, yo…
—Al contrario —la interrumpió Felipe guardando el celular—. Creo que acaba de salvarme.
Veinte minutos después, las sirenas de la policía federal se escucharon fuera del hotel. Varios agentes subieron al décimo piso mientras el personal se miraba entre sí sin entender. Felipe, de pie junto al sofá rojo donde ahora Alejandra coloreaba distraídamente, sintió cómo sus piernas temblaban. Poco después supo la verdad: los “inversionistas rusos” eran parte de una banda internacional de fraude empresarial. La reunión era una trampa perfectamente planeada. Si él hubiera firmado, habría perdido todo lo que había construido.
Miró a la niña y a su madre como si las estuviera viendo por primera vez.
Una niña de siete años, con un cuaderno para colorear y un viejo idioma heredado de su abuela, le acababa de cambiar la vida.
