La fila del supermercado avanzaba lenta, como siempre a esa hora de la tarde. Los carritos chocaban suavemente entre sí, las conversaciones se mezclaban con el pitido constante del lector de códigos de barras y el murmullo de las ofertas por los altavoces. Era un día cualquiera en un pequeño pueblo donde todos parecían conocerse, o al menos reconocer las caras que se repetían semana tras semana.
Nadie se fijó demasiado en el hombre del traje gris que se colocó al final de la fila con un carrito lleno de productos. Sus zapatos brillaban más que el suelo encerado, y el reloj en su muñeca parecía demasiado caro para ese lugar, pero en general no llamaba la atención. A simple vista, era solo otro cliente pagando sus compras antes de volver a su vida.
Cuando por fin le llegó el turno, puso con calma sus cosas en la banda transportadora: leche, pan, frutas, algunos productos importados que no eran comunes en ese supermercado. La cajera, una mujer joven con mascarilla bajada al mentón y uñas larguísimas pintadas de rojo, empezó a pasar los artículos sin siquiera mirarlo a la cara.
—Serían 86 con 40 —dijo, mascando chicle
El hombre asintió con un leve movimiento de cabeza y sacó de su billetera una tarjeta negra, elegante, de esas que casi nadie ve en persona. La cajera la tomó con mano distraída, la deslizó por la máquina, y el pitido sonó como siempre. Pero esta vez en la pantalla no apareció el típico “Procesando…”.
El mensaje fue corto, frío, contundente.
