DECLINADA.
La cajera frunció el ceño, miró la pantalla, volvió a mirar la tarjeta y luego al hombre, como si hubiera cometido un crimen.
—Debe haber un error —dijo él, con voz baja pero firme—. Inténtelo de nuevo, por favor.
La cajera se encogió de hombros y pasó la tarjeta una segunda vez. De nuevo el pitido. De nuevo la palabra que nadie quiere ver.
DECLINADA.
El murmullo alrededor se hizo más pesado. Una señora detrás del hombre se inclinó apenas, tratando de ver la pantalla. Un adolescente sacó el celular, como si presintiera que algo “interesante” iba a pasar. La cajera soltó una risa cortante.
—Pues parece que hoy no es su día, señor —dijo en voz más alta de lo necesario—. ¿No tiene otra tarjeta? ¿O fue que se le acabó la fortuna?
Algunas personas rieron. Otros sonrieron por lo bajo, disfrutando del espectáculo. El hombre sintió cómo el calor le subía por el cuello. No levantó la vista. Apretó la mandíbula, intentando mantener la calma. A su lado, una niña de unos siete años, con dos trenzas apretadas y una camiseta morada ya gastada, le tomó la mano con fuerza.
