Se preguntó cuántas “Lucías” había en el mundo, cuántas personas estaban dispuestas a dar lo poco que tenían mientras él se aferraba a lo mucho que poseía.
Antes de que amaneciera, ya había tomado una decisión.
Las semanas siguientes, las noticias empezaron a llenarse de titulares que nadie esperaba leer sobre Alexander Grant. El magnate frío, famoso por sus decisiones duras y su ambición implacable, anunciaba la creación de una fundación gigantesca destinada a ayudar a familias de bajos recursos.
Los primeros proyectos fueron simples pero contundentes: pago de cuentas de supermercado de forma anónima en pequeñas ciudades, reparación de casas en mal estado, programas de apoyo para madres solteras, becas de estudio para niños que soñaban con ir a la universidad pero nunca se habían atrevido a decirlo en voz alta.
Pero lo que más sorprendió al mundo no fue el dinero en sí, sino la presencia del propio Alexander en los lugares donde antes solo mandaba cheques y representantes. Se le vio caminando por pasillos de supermercados, observando discretamente, hablando con cajeras, escuchando a ancianos en las filas. Lo vieron entrar en barrios que antes solo veía desde la ventana de sus autos blindados.
