—¿Pasa algo, señor? —susurró ella, mirándolo con ojos enormes y preocupados.
Por un instante, él deseó desaparecer. Nadie allí sabía quién era. Nadie sabía de los rascacielos con su apellido en lo alto, ni de las reuniones en las que su sola presencia cambiaba decisiones millonarias. Nadie conocía la historia de Alexander Grant, el hombre que había levantado un imperio de acero y concreto con sus propias manos. En esa fila, solo era “el tipo del traje caro cuya tarjeta no pasa”.
Y sin embargo, sin que él lo supiera aún, ese momento ridículo y humillante estaba a punto de romper la burbuja en la que había vivido durante años y cambiar su vida para siempre.
La cajera hizo un gesto impaciente con los labios.
—A ver, señor, hay gente esperando. Si no va a pagar, voy cancelando la compra, ¿sí?
Las miradas se clavaban en él como agujas. Alexander tragó saliva. Podría haber llamado a su chofer, pedirle que entrara, mostrarles a todos quién era. Podría haber levantado la voz, exigir respeto, amenazar con hablar con el gerente, con la dueña, con quien hiciera falta. Toda su vida había aprendido a no dejarse humillar.
Pero en ese momento se sintió… vacío.
