—Si sabes bailar de verdad… —hizo una pausa, disfrutando el suspense— yo la dejo a ella y me caso contigo hoy mismo.
La carcajada general fue como una ola que la golpeó en el pecho. Alguien ya estaba grabando con el Móvil. Luego otro. De pronto, su humillación tenía luces, Águlos y público.
Bárbara le dio un golpe “de broma” en el brazo.
—Ay, amor, eres terrible.
Marina sintió la cara arder. Un camarero joven le susurró que se fuera, que no valía la pena. Pero sus pies no reaccionaron. Rafael avanzó hasta invadir su espacio, tan cerca que Marina pudo oler el perfume caro.
—Vamos, Cenicienta… te doy cincuenta mil reales si aceptas el desafío.
Extendió es mano como si le ofreciera un premio. O una correa.
Marina miró esa mano, luego su rostro. Y se preguntó, con una lucidez dolorosa, cómo alguien podía ser tan cruel solo porque tenía dinero. La música cambió en ese instante, y en el salón comenzó una vals vienés. Una melodía elegante, conocida, y por un segundo el sonido la atravesó como una llave.
