Y se fue por la puerta de servicio, descalza, arrastrando los pies. En el corredor oscuro, con olor a productos de limpieza, se dejó caer en el suelo. Se abrazó las rodillas.
—Soy patética —susurró.
Entonces, en la pared, vio un marco con polvo. Una foto antigua del salón, una bailarina en el centro, en pleno movimiento. Marina limpió el vidrio con la manga.
El corazón se le detuvo.
Era Vera. Su madre. Joven, luminosa, volando sobre el mismo mármol donde ella acababa de rendirse. En una placa se leía: “Vera Carvalho. Presentación benéfica. 1978”.
Marina tiene una foto de dedos temblorosos.
-Mamá…
Y escuchó la voz de Vera como si estuviera allí: “Habrá momentos en los que querrás rendirte. Te dirán que no puedes, que no mereces. Y tu vas a bailar igual, porque la danza no es sobre merecer… es sobre necesitar”.
Marina se puso de pie, apretando el marco contra el pecho.
